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Aquí y Ahora 02
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Como todos sabemos, la mayoría de las familias de nuestro continente vive una forzada austeridad. Intentan sobre todo sobrevivir biológicamente por la venta de su actividad física a bajo precio. Esas familias no consumen ni siquiera lo mínimo esencial para el desarrollo equilibrado, físico y mental, de sus miembros.

Austeridad y Familia

Helio y Selma Amorim*

Naciendo y viviendo en esa condición de extrema pobreza o miseria indigna, los que nacen están condenados a reproducir la pobreza por los daños irreversibles causados por la falta de alimentación adecuada y efectiva asistencia sanitaria, por la exclusión social y las condiciones precarias de vida desde el nacimiento.

Hablarles de austeridad sería una incongruencia tonta. Aún así, hay quien reprende a los pobres por tomar una cerveza el sábado y gastar en eso el poco dinero que tienen. En la óptica de esas nuestras elegantes elites, debería ser utilizado en comprar más comida... "En realidad esa gente es pobre porque desbarata su dinerito en cosas superfluas en vez de comprar más frijoles", dicen. Con esa apreciación crítica, sienten la conciencia aliviada.

Se analizamos el comportamiento de las familias de clase media, vamos a encontrarnos con la juerga consumista, inflada por la propaganda inteligente y sofisticada que asocia la felicidad con el consumo de bienes atractivos de dudosa utilidad.

Comprar y poseer pasa a ser lo que define el status social de la familia. Se establece la competencia, actúa el espíritu de imitación y colabora la insensibilidad social y ecológica. "El amigo que le compra a su hijo un aparato nuevo anunciado en la TV me obliga a hacer lo mismo por la desesperada presión de mi hijo". Él se considerará el más infeliz de los mortales si no gana aquel estúpido juego de computador que le enseñará como atropellar viejitos para ganar más puntos.

La busca voraz por poseer los bienes materiales, asociada al consumo obsesivo, se vuelve cada vez más onerosa y exigente. Es preciso trabajar más, hacer horas extras y trabajos de fines de semana para ganar más y comprar más. El tiempo para el diálogo, para el ocio y la convivencia familiar y social escasea. Se vive para trabajar, comprar y consumir. No hay tiempo para los hijos y para contemplar la naturaleza.

Se adopta un patrón arriesgado de vida. Cualquier convulsión en la situación económica de la familia que afecte ese nivel de consumo a que se habituó genera una insatisfacción nerviosa. Ya no saben vivir sin esa cantidad de aparatos y bienes que han pasado de superfluos a indispensables. Está comprobado que un elevado patrón de vida esclaviza y tensiona. La austeridad, al contrario, es libertadora y genera más tranquilidad. Si el patrón de consumo y bienestar adoptado está por debajo de lo que los rendimientos y capacidades personales permiten, uno tiene mayor seguridad de que en situaciones de crisis le será posible encontrar salidas para mantener ese estilo de vida más austero que adoptó.

Más aún y principalmente: un patrón austero de vida genera una mayor capacidad para la familia compartir sus bienes con los que nada tienen. Los consumistas obsesivos nunca tienen nada que repartir. Están siempre endeudados en sus diversas tarjetas de crédito y cheques especiales para mantener su arriesgado patrón de consumo.

¿Cómo neutralizar o por lo menos atenuar la inducción al consumismo sin control en las familias de clase media?

Nos parece que solamente se puede enfrentar esa onda consumista avasalladora con la sensibilidad social cultivada desde el principio. Con la consecuente valorización de la austeridad como opción de vida con más libertad, tranquilidad y felicidad, entendida como expresión simbólica y al mismo tiempo efectiva de solidariedad cristiana con los pobres. Austeridad que potencializa la capacidad de compartir los bienes con quien no los tiene.

Esa sensibilidad se construye. A partir del contacto habitual, físico, sensorial, con familias pobres. Mantener relaciones estrechas con familias en situación de pobreza es esencial para poder ver el mundo desde su óptica. Si desde la infancia los hijos son involucrados en esa convivencia con los desheredados y excluidos de la sociedad, comprenderán, poco a poco, que el consumismo es absurdo, que el desperdicio es una agresión a los que viven de nuestras migajas.

Sin ese envolvimiento educativo y concientizador, se forman familias burguesas que se aíslan del mundo real en bellos condominios protegidos por rejas y porteros, sumergidos en un consumismo imprudente. Desarrollan las neurosis propias de ese modelo de familia, que se manifiestan en la alienación y huida de la realidad. En los casos extremos, en el uso creciente de las drogas, hasta la opción por la delincuencia para alimentar la obsesión consumista, como lo confiesan tantos jóvenes delincuentes.

Vale resumir, insistiendo: la austeridad es sin duda libertadora, es la base para la felicidad y expresión de solidariedad social.

*Miembros del MFC en Brasil. Expresidentes del SPLA.

VER – JUZGAR – ACTUAR
¿Aceptamos el concepto de que la austeridad es libertadora? Si lo aceptamos, ¿cómo justificar esa afirmación?
¿Logramos vivir la austeridad en nuestra familia, frente a la presión para el consumo que llega a través de los medios de comunicación? ¿Es muy difícil?
¿En nuestros países donde hay hambre y pobreza el testimonio de austeridad del cristiano tiene un valor especial? ¿Se trata de coherencia com la fe cristiana? Por que sí o no?

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