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Yo llevo más de la mitad de mi vida intentando crear la familia con la que soñé durante años, y en la que he gastado mis mejores esfuerzos, ilusiones, luchas y lágrimas. Aún así, ha habido cantidad de momentos en que he pensado que había equivocado mi estado civil. Y es que una familia es algo así como una planta exótica a la que con gran ilusión se cuida, se mima, se riega, se fumiga, se cambia de lugar, se abona... Quien la cuida, unas veces piensa que se le ha ido la mano en el agua; otras, que se pasó de abono, que debería haberla expuesto más al sol, o menos a las corrientes, o más a la sombra, o quizás al calorcillo... y nunca acierta con la temperatura ni con los cuidados adecuados. A veces sucede, sobre todo pasados los años, que esa planta frágil da de pronto unas flores fantásticas, exóticas... y te compensa de todos los desvelos, cuidados y preocupaciones que te ha ocasionado.
El difícil arte de hacer familia
Mari Patxi Ayerra*
¡Bien dicho!, porque es difícil, porque es un arte y porque hay que hacerla poquito a poco, y nunca termina uno de saber si lo que ha creado es una familia o una mala imitación.
Para no resultar tan "metafórica", voy a contar mi vivencia de familia, ya que no puedo hablar de otra cosa que no sea la vida. Y que sean los expertos quienes digan cómo debe o no debe ser la vida familiar.
A mí me gusta pensar que la familia es el lugar donde se nutren los afectos, del mismo modo que se nutren los estómagos, se cuida la ropa y se mantiene limpia la casa; y el hecho de haber conocido a familias en las que escaseaban las muestras de cariño y las manifestaciones de afecto me ha servido de lección permanente para cuidar con esmero lo que a mí me parecía el valor preferente. Y es que es verdaderamente importante saber que somos esperados en casa, y que al llegar nos pregunten cómo nos ha ido el día, y poder contar a los nuestros lo que nos ha ocurrido... Todo ello proporciona la sensación de ser importante para alguien, de que hay una complicidad, de que existe interés de unos por otros...
Yo estoy cada día más convencida de que la familia la hacemos todos; y de que tan necesaria es la solicitud y la protección del padre como la pregunta interesada del hijo, o la sencillez con que cualquier miembro de la familia prepara un aperitivo para los demás, o el reparto de las tareas domésticas, o la ternura del nieto para con el abuelo, o la naturalidad con que uno le sirve agua a otro sin esperar a que éste lo pida, o la facilidad para adivinar lo que los demás necesitan... Realmente, la familia puede ser la gran escuela de solidaridad, donde se contagie el interés por los de fuera, donde se compartan los amigos, donde cada miembro de la familia vibre con el compromiso de los demás, y así vivan todos comprometidos; donde se practique la tolerancia de los distintos ritmos, el respeto por las diferencias de edad y de intereses; donde se oiga todo tipo de músicas...
La familia es también una maravillosa escuela de vida, pues en ella todos tienen la oportunidad de hacerse expertos en el conocimiento humano.
En la familia se dan todos los conflictos habidos y por haber y toda clase de sentimientos enfrentados: los hijos, tan deseados, son los que te hacen sentir los primeros rechazos y quejas; su llegada te produce tanta emoción como insomnio; les quieres tanto como te incomodan; estás deseando verlos y, a la vez, necesitas alejarte de ellos para descansar...
Y a los hijos les ocurre lo mismo con sus padres: les quieren muchísimo, pero son también las personas que más les agobian, que les hacen ver sus incoherencias y les recuerdan los límites y normas que ellos piden y rechazan al mismo tiempo. Por eso a veces prefieren tenerlos lo más lejos posible: de ese modo se les idealiza y se les echa de menos, pero no hay enfrentamientos...
¡Qué difícil es todo...! Por un lado, sabemos que detrás de una persona desestructurada hay una familia desestructurada o, lo que es parecido, la ausencia de familia. Por otro lado, sabemos que la familia aporta al individuo tanto cariño como control, tanto respaldo como falta de libertad, tanta complicidad como agobio...
Me pregunto si alguien habrá conseguido la "familia ideal": aquella en la que imperen siempre el amor y el humor, en la que no hay crisis ni broncas ni ganas de marcharse de casa ni de que se vaya nadie... Y me respondo yo misma que ese modelo de familia sólo se debe de dar en las películas y en las novelas, y que nos ha hecho mucho daño el soñar con esa perfección, que lo único que hace es que nos alejemos de la realidad, que no la aceptemos y que nos asuste todo cuanto pueda sonar a confrontación.
Y es que la familia la lleva uno a la espalda toda la vida, tenga la edad que tenga y estén a la distancia que estén los suyos. Uno se relaciona con los otros, se enfrenta al poder y al amor, al hacer y al vivir, como aprendió a hacerlo en casa. Por eso me parece tan importante que se nos facilite el poner a la familia en el lugar que le corresponde; que alguien nos enseñe a comunicarnos, a unirnos y a separarnos, a poner límites y a defenderse de ellos.
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Española. Animadora socio-cultural - Publicado en "Sal Terrae", EspañaVER – JUZGAR - ACTUAR¿Qué aspectos del testimonio de la autora nos parecieron más interesantes?¿Qué pasa con nuestra propia familia? ¿Tenemos prácticas que coinciden con las de la autora? Ejemplos.¿Cual nos parece ser la dificultad más complicada en estos tiempos?¿Cuales son nuestros principales puntos de apoyo para llevar a cabo nuestra misión de construir una vida familiar saludable y agradable?¿Que debemos cambiar en nuestros hábitos y comportamientos para aumentar la alegría de vivir en familia?
"Nada es tan lamentable como anticipar desgracias". (Séneca)
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