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Aquí y Ahora 04
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La licitud o ilicitud debe pasar por el tamiz de lo útil o inconveniente. La moralidad tiene que tener en cuenta el proyecto dentro del cual se inscribe una acción libre.

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En una conferencia dada por Juan Luis Segundo hace unos años, el P. Andrés Assandri, SJ, Asesor del MFC en Uruguay, tomó los siguientes apuntes - en los que se mezclan sus propias reflexiones - sobre la moral, su verdadero sentido y fin; y la importante relación de ésta con lo que San Pablo llama la “ley del amor”.

 

¿Qué es lo lícito?

 

La moral aplicada en los distintos campos de la actividad humana se nos aparece tan diversificada que no resalta el principio rector universal. Por esto conviene volver al punto de partida al que tiene como referencia necesaria toda moralidad.

 

En esto el apóstol Pablo es un maestro. A la pregunta sobre una acción particular, él responde con la orientación general. Los cristianos de Corinto le consultan sobre la licitud de comer carne sacrificada a los ídolos. Pablo les responde: “- Todo es lícito... pero no todo es conveniente.” (1 Cor. 10,23).

 

La respuesta no sigue los cánones clásicos: no determina, ni clasifica, ni les da un catálogo de lo que se puede y de lo que no se puede, ni les da una respuesta hecha. Al hacer referencia a la conveniencia les cambia el planteo sobre la moralidad a la que estaban acostumbrados por la “ley”. Ya les había dicho que habían sido liberados de la “ley”. El cambio del planteo es claro, porque la palabra “conveniencia” hace referencia a un proyecto.

 

La diferencia es muy notable. Si nos preguntamos por la licitud, generalmente salta el esquema de algo predeterminado con anterioridad a la persona e independiente de ella. Es decir, las cosas o acciones son en sí lícitas o ilícitas y esa licitud se determina por razones extrínsecas como el mandato (ley) o por razones intrínsecas (conformidad con su naturaleza). Mientras que si nos preguntamos por la “conveniencia”, la relación está señalada por ser medio para un fin, es decir, sólo se concibe después de y con respecto a una libertad o persona interesada en algo. La conveniencia supone y se relaciona con un proyecto personal.

 

El planteo de Pablo es muy diferente con respecto a la moralidad de eso objetivo que era comer-carne-sacrificada-a-los-ídolos. La licitud o ilicitud debe pasar por el tamiz de lo útil o inconveniente. La moralidad tiene que tener en cuenta el proyecto dentro del cual se inscribe una acción libre.

 

La moralidad es fruto del amor

 

Pablo resume el proyecto cristiano así: “El que ama al otro ha cumplido plenamente la ley. Porque aquello de no adulterarás, no hurtarás, no codiciarás... se recapitula en esta palabra: amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo. Por eso la plenitud de la ley es el amor” (Rm. 13,8-10).

 

Aquí tenemos el punto de partida y la referencia insoslayable de toda moralidad. Así, por ejemplo, la pareja no debe preguntarse qué está mandado o cual es la norma moral del matrimonio, porque en realidad no hay más que una: “El que ama al otro ha cumplido la ley.”

 

Pero... siempre hay un “pero”. S. Agustín dice: “- Ama y haz lo que quieras.” Y el P. De Lubac añade: “- Pero no creas saber tan pronto qué es amar.”

 

Por qué no se sabe pronto? Porque todo amor humano es una creación continuada y un inventar un camino inédito, debido a que las personas (y sus circunstancias) no se repiten ni son intercambiables. El amor es dinámico por naturaleza, no sólo porque lo vamos realizando poco a poco, sino porque lo vamos descubriendo de a poco. Las exigencias del amor, siempre mayores, más profundas, más abarcantes se van descubriendo en el proceso de la vida, de la praxis, tan marcada por cambiantes circunstancias personales y del medio. En el proceso, éstas se vuelven para nuestra historia personal “signos de los tiempos” o un llamado del Señor.

 

Todo esto supone una creatividad imprevisible, cuyos hitos no pueden estar señalados de antemano por ningún catálogo por más ajustado que esté a como actúa mayoritariamente la gente; es decir, a una media histórica o antropológica.

Lo determinante en este proceso moral es que se vaya de persuasión firme en persuasión firme, creciendo en amplitud y hondura como exigencia de mayor riqueza y significado.

 

Poner la plenitud de la ley en el amor, como señala San Pablo, es decirnos que la moral es creadora y progresiva. Nada de esto sucede si tomamos algo preestablecido como lícito o ilícito para medir la moralidad.

 

Conviene leer la respuesta completa de San Pablo porque tiene una advertencia iluminadora sobre hasta donde nos lleva el amor y no buscar el “propio interés”:

“Todo es lícito, pero no todo edifica. Nadie busque su propio interés, sino el ajeno. Todo cuanto se vende en la carnicería, comedlo sin más averiguaciones motivadas por la conciencia, porque del Señor es la tierra y cuanto la llena”. Esta actitud hay que seguirla también en el caso de ser invitados por un pagano: “Comed todo lo que os presente, sin más averiguaciones motivadas por la conciencia. Pero si alguno os dijere: “Esto fue inmolado a los ídolos”, entonces no comáis de ello por causa del que hizo la indicación y por la conciencia, sino a causa de la del otro.” (1 Cor. 10,23-29).

 

¡Qué cercenamiento de mi libertad! Cuando señalaba que “todo es del Señor” nos decía que todo me era lícito. ¿Por la conciencia del otro que hizo la indicación se me convierte en ilícito? Ni más ni menos. Aquí Pablo nos señala que el principio del amor es el punto de partida y la referencia obligada de toda moralidad. Lo reitera cuando señala: “Nadie busque su propio interés, sino el ajeno.” Esto no está claro cuando miramos la moralidad al margen del proyecto, como si la maldad o bondad de las cosas y acciones estuvieran en ellas.

 

El apóstol con esta observación nos señala una exigencia del amor a la que no acostumbramos considerar: la “significación”. La moral cristiana no sólo es creadora y progresiva, sino también significativa, es decir, dialogante. Lleva el mensaje de la “buena noticia” de Jesús, el proyecto de amor de Dios para con los hombres. Y esto sólo se comunica si actuamos con los mismos sentimientos de Jesús de amar hasta entregar la propia vida.


 

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