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En este momento me gustaría ser escritora para poder explicar bien todo aquello de lo que soy “vividora” apasionada. Y es estoy encantada de que me hayan pedido que escriba de sexualidad, y nada menos que para una revista de teología, con lo cercano que están estos dos temas, el de Dios y el de los hombres en comunicación, cuerpo a cuerpo.

 

De la sexualidad y otros regalos

Reflexiones de una Cristiana Casada

 

Mari Patxi Ayerra*

 

Y mientras escribo, quiero recrearme en alabar a Dios por este cuerpo de mujer que me ha dado, capaz de querer, de abrazar, de seducir, de acariciar, de sentirse atraído por el cuerpo del hombre y gozar en él las mismas maravillas.

Y es que realmente pienso que Dios es quien nos invita a vivir con total intensidad cada minuto de nuestra vida y quien nos ha dotado de este cuerpo para comunicarnos con los otros, para amar hasta el extremo, para gozar.

 

Porque es así como hay que vivir la sexualidad: gozando con el cuerpo del otro, que goza al unísono con el nuestro y que saca de nosotros la ternura, la delicadeza, la belleza y tantas cualidades que sólo brotan en la intimidad del amor.

Yo creo que cuando vamos dejando a Dios que nos invada, va llenando todos nuestros huecos, va magnificando todas nuestras acciones y haciéndonos más creativos en el trabajo, más fraternos en la relación, más sensibles al mundo de los otros, más empáticos con el diferente, más místicos en la oración, más comunicativos con nuestro cuerpo, más alegres y más festivos en definitiva.

Y ya que han corrido ríos de tinta sobre los “bajos instintos”, yo hoy quiero romper una lanza por los “instintos básicos”, por esa atracción que sentimos las personas unas por otras, por el placer de sentirse envuelto por el otro, por la posibilidad de, sin palabras, decirse: “te quiero”, “me gusta”, “te necesito”, “tú me haces sentirme único”...

También está esa misteriosa sabiduría del cuerpo que hace que en malos momentos, cuando se está alejado, cerrado en una idea, enfadado o molesto, a una distancia mental infinita, quizá durmiendo juntos pero con un muro imaginario entre los dos, surja un roce, “un pie que se escapa”, una mano incontrolada que abraza, bien por habito o bien por amor... y que invita al perdón, a la disculpa, a la reconciliación, a volver a empezar de nuevo, al diálogo. Es como si nuestro cuerpo se dejara llevar del corazón más que de la cabeza... aunque racionalmente todavía no estemos dispuestos a rendir las armas, a creer en el otro...

Quizá estoy poniendo demasiada poesía o estoy contando sólo la parte bonita de la sexualidad. No quiero olvidar lo difícil del acople de los cuerpos, la frecuente inoportunidad o precipitación masculina, tanto como la falta de implicación femenina, fruto de una inadecuada formación o de un exceso de “moralina” que ha envuelto nuestra comunicación corporal y la ha convertido en zona oscura y pecaminosa. Pienso también en su extremo contrario, la sexualidad vivida sólo desde la genitalidad: esa fuerza del deseo que nada tiene que ver con la comunicación entre las personas y que se ofrece a los jóvenes como la panacea de la felicidad, y que es la sexualidad que nos llega a domicilio en la mayoría de las películas, que tiene más de deportivo e incontrolable que de encuentro y comunicación entre dos personas.

Es cierto que en algunas parejas la comunicación sexual es difícil. O más bien le falta la primera cualidad, la de la comunicación, y la sexualidad se vive como algo que los dos saben muy bien que no marcha, pero de lo que ambos procuran no hablar nunca, salvo en plan jocoso. Por desgracia, es muy frecuente entre matrimonios comentar de manera aparentemente trivial “la prisa de uno y la lentitud del otro”, sin profundizar a fondo la necesidad que hay de comunicación, de hablarlo todo, de comentar cada caricia o cada ausencia de caricia, lo que invade y lo que agrada, lo que se toma al asalto y lo que se regala, lo que necesita más tiempo y ternura y los detalles que habría que cuidar en el amor.

Me preocupa comprobar que, en la educación de la sexualidad, los hijos no aprenden, sino que imitan; y si imitan lo que ven en le tele o en el cine, lo tienen difícil: desgarros de ropa, urgencias amorosas, pasiones irracionales, posturas gimnásticas, botones que saltan por los aires... Y mientras que en las familias las broncas matrimoniales suelen ser públicas (demasiado públicas a veces, con el consiguiente trauma que acarrean), en cambio, el amor, la ternura, una cierta complicidad sexual, suelen ser algo tan privado, tan oculto a los ojos de los hijos, que éstos ni la intuyen.

Me sorprenden esos besos jóvenes de enamorados que duran varias estaciones del metro; pero me sorprenden mucho más desagradablemente esas parejas ya maduras, con cara de aburrimiento, de monotonía y de no tener nada que decirse... Y es que, con los años, no han sabido ir poniendo un poco de gracia e interés en la comunicación y en la seducción me parece peor que el beso incontrolado y sin intimidad de esos jóvenes.

Creo, en cambio, que cuando van pasando los años y se va dilatando el cuerpo, al tiempo que irrumpen las celulitis, las arrugas y los surcos, como huella de la vida en nuestro cuerpo, se va adquiriendo una sensibilidad sexual, una especie de exquisitez para el amor...

Dicen que los hombres en el amor dan ternura a cambio de sexo, y las mujeres, en cambio, dan sexo para recibir ternura... Ojalá vayamos educando y educándonos para que unos y otros sepamos que reconocer que a veces hay mucho dolor en las relaciones, mucho desconocimiento del propio cuerpo y del otro, muchas cosas por hablar, y poco tiempo para vivir la sexualidad con serenidad, con calma, con poesía.

Si Dios nos ha hecho capaces del juego amoroso, cuanto más despaciosos y creativos seamos, cuanto más expertos en nuestra relación, más gozosa y comunicativa, más llena de calidad, aunque en el tema de la sexualidad, desgraciadamente, siempre se presume de cantidad, que es la medida de juventud que se utiliza hoy en sociedad. Habría que recordar que Dios mismo es el artífice de nuestra piel, y que esta es el instrumento que nos ha dado para amar, lo mismo que la palabra, la sonrisa, la mirada, la caricia o el abrazo.

Porque el experimentar a Dios como liberador tendría que descargarnos de antiguos tabúes, de rechazos irracionales hacia el propio cuerpo, y hacernos reconocer como proveniente de El la atracción que sentimos por el cuerpo del otro y la invitación al gozo, a vivir en plenitud cada encuentro, cada relación...

Tengo que decir que me resulta terrible leer en la vida de los santos casados que “en cuento se pusieron a ser santos” renunciaron a su vida sexual. Me parece sencillamente incomprensible que la sexualidad dentro del matrimonio pueda ser experimentada como un obstáculo para la apertura radical a Dios. Y algo de eso me parece que hay en gente cristiana que he ido encontrando en el camino de la vida, mujeres y hombres “resecos” que viven su relación sexual como el tributo que tienen que soportar, como el “débito conyugal”.

Yo creo que cuando, en el atardecer de la vida, se nos examine del Amor, se nos pedirá cuenta de la ternura que no hemos dispensado a nuestra pareja, de los besos que no hemos dado, de las posibilidades de comunicación de nuestra corporalidad a las que no hemos sacado partido en nuestra vida sexual... Y también - y esto nos implica a todos, casados o célibes - de los apretones de manos que hemos reprimido, de las veces que alguien se ha ido de nuestro lado sin nuestro abrazo de amigo, por pudor o por considerarlo “impropio” o “innecesario”. Y nos recordarán los nombres de los enfermos, caídos, deprimidos y marginados a los que hemos ayudado sin acariciar, a quienes hemos solucionado problemas sin darles nuestra cercanía, a quienes hemos dado cosas sin darnos a nosotros mismos, sin mirarles a los ojos, sin ser contemplativos hacia su persona, sino sólo hacia “su caso”.

No sé si todo esto no es más que un montón de ideas y vivencias desordenadas. Decididamente, no soy escritora; pero ahí van retazos de una vida, y que el lector ordene y entresaque lo que le convenga.

 

*Publicado por Sal y Terra, periódico de teología, España

 

VER – JUZGAR – ACTUAR

¿Por qué hay todavía dificultades para tantos matrimonios en la vivencia de la sexualidad matrimonial?

¿Cómo podemos ayudar a otros matrimonios para que puedan vivir plenamente su sexualidad como expresión de su amor?

¿Hay condiciones propicias hoy para el desarrollo de una sexualidad madura y responsable, especialmente la de los jóvenes y adolescentes?

¿Cuáles son las dificultades? ¿Hay puntos de apoyo favorables para una formación de personalidades sexualmente equilibradas? Ejemplos.

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