Movimiento Familiar Cristiano de América Latina - MFC - SPLA

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Aquí y Ahora 08

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Aunque esta denominación la encontramos en los primeros siglos del cristianismo, ha tomado auge a partir del Concilio Vaticano II y el énfasis que le dieron los papas Pablo VI y Juan Pablo II.

 

Familia: Iglesia doméstica

 

Llamar a la familia “iglesia doméstica” puede ser que teologicamente no sea muy exacto, pero es acertado por la íntima relación que existe entre la familia y la comunidad eclesial. Trataremos de ver algunos aspectos de esta relación.

 

Puebla caracteriza a la Iglesia como “centro de comunión y participación”. A nivel humano no hay otro mayor que el de la pareja a lo ancho y largo de la vida buscando el “un solo ser”, una sola carne. Los hijos se integran como fruto y beneficiarios de la comunicación y participación. Comparten el mismo pan, los afectos, valores, los vienes como la felicidad y la cruz. Si a la primera comunidad de Jerusalén se la definía como “un solo corazón y una sola alma” con mayor razón a la familia. Por eso ésta se convierte en un arquetipo de lo que se debe vivir en la comunidad eclesial.

 

Puebla caracteriza las dimensiones de la cristiana a partir de las relaciones interpersonales que se dan en la familia. La unión esponsalicia entre la Iglesia y Cristo; la filiación que participamos en el Hijo; la paternidad como referencia última y originaria; y la fraternidad que se funda en las anteriores dimensiones y en el rico concepto de células vivientes del mismo Cuerpo de Cristo. La matriz familiar son un peldaño para alcanzar la comprensión y la experiencia de la vida de fe.

 

La vida cristiana se hace visible en los signos de la fe, en las celebraciones sacramentales. Pues, la vida en la familia es el mejor pedagogo para la comprensión y la vivencia de estos momentos privilegiados de la celebración de la fe.

 

La nueva vida tan esperada y acogida en su nacimiento, ensancha el núcleo familiar y trae consigo un fluir nuevo de relaciones. Este acontecimiento vivido en familia prepara para la comprensión del bautismo como signo de ingreso en la comunidad donde se participa de la vida nueva y abundante del resucitado, como vida que sólo viene de Dios.

 

Cuando el adolescente llega a ese momento en que se hace responsable de la orientación de su vida, de su vocación, de su proyecto, estamos en la actitud que requiere la Confirmación al asumir el compromiso cristiano, el proyecto de Dios para la historia. Todo en la familia va llevando a la evolución del niño para que madure como adulto.

 

El perdón que se recibe en el hogar restaurando las heridas hechas a las relaciones interpersonales y liberando del malestar general provocado en la pequeña comunidad familiar, hace percibir el sentido de la reconciliación el la comunidad eclesial dañada en el cumplimiento de su misión, por nuestra conducta.

 

Partir el mismo pan en la mesa familiar es un gesto que en sí mismo habla de la común unión. Como gesto significativo visualiza muchas dimensiones de la Eucaristía, de la “comunión” de quienes se identifican con Jesús.

 

La enfermedad de alguno de la familia estrecha lazos y amor solidario demostrándole que su pasividad lo hace más presente, más querido y más valioso. Esta situación trae una mayor similitud con el Cristo que desde la cruz atrae todas las cosas hacia El que celebra la Unción de los enfermos. La pasividad prepara para la gran transformación que esperamos con la muerte.

 

Un nudo existencial que transforma la propia comprensión es el matrimonio. El sacramento enriquece y hace ver lo que se esconde en ese amor cargado de esperanzas como el amor que Cristo nos tiene.

 

El trabajo para mantener a la familia o la militancia en servicios concretos para el bienestar de la sociedad con todo el sacrificio que conlleva, es una buena experiencia para comprender el llamado al servicio de la comunidad eclesial y la misión sellada por la unción.

 

Todos los sacramentos encuentran en la familia a su mejor pedagogo. De ahí esa íntima relación de la vida familiar con los momentos fuertes de la celebración de la fe cristiana. La liturgia familiar prepara a participar en la liturgia de la comunidad mayor. Si muchas veces existe una presencia muda en nuestras asambleas ¿no estará relacionada con la ignorancia de este pedagogo o con la ausencia de la liturgia familiar?

 

Sociologicamente se comprueba que la familia es la “primerísima comunidad eclesial de base” (Juan Pablo II). Porque en un ambiente descristianizado, la sociedad no es el sostén de la fe, sino la familia y los pequeños grupos. Bien saben los agentes pastorales cuánto esfuerzo se hace a nivel sacramental (preparación para el matrimonio, etc.) y cuánto esfuerzo pastoras se consume en los colegios católicos. ¿Quiénes quedan? Siempre los mismos, los que tienen una familia cristiana detrás.

 

Llamar a la familia “iglesia doméstica” o la “pequeña iglesia” como le gustaba a San Agustín es, pues, todo un acierto por la íntima relación que existe entre las dos realidades de la familia y de la Iglesia.

 

“Catecumenado de Novios”. Autores varios. Publicados por el Movimiento Familiar Cristiano, Uruguay

 

VER – JUZGAR – ACTUAR

¿Qué semejanzas tiene el “ser iglesia en el mundo” y “ser familia en el mundo”?

¿Cuáles son la misión y responsabilidades de las familias en la sociedad? ¿Y las de la Iglesia?

¿Es común la celebración doméstica del compartir el pan y vino en memoria de Jesús? (Él nos pidió que lo hiciéramos y así lo hicieron las familias de las primeras comunidades cristianas).

¿Las liturgias domésticas del pan y vino compartidos pueden hacer más comprensibles para nuestros hijos las celebraciones de la eucaristía en las iglesias? ¿Ya hemos intentado hacerlo?

 

 

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