PROGRAMA
DE EVANGELIZACIÓN, FORMACIÓN FAMILIAR Y SOCIAL DEL MFC-LATINOAMERICANO - SPLA.
ENVÍE SUS CRÍTICAS, COLABORACIONES Y SUGERENCIAS AL CONSEJO EDITORIAL DE “AQUÍ Y
AHORA”
__________________________________________________________________
Aunque
esta denominación la encontramos en los primeros siglos del cristianismo, ha
tomado auge a partir del Concilio Vaticano II y el énfasis que le dieron los
papas Pablo VI y Juan Pablo II.
Familia: Iglesia doméstica
Llamar a
la familia “iglesia doméstica” puede ser que teologicamente no sea muy exacto,
pero es acertado por la íntima relación que existe entre la familia y la
comunidad eclesial. Trataremos de ver algunos aspectos de esta
relación.
Puebla caracteriza a la Iglesia como “centro de
comunión y participación”. A nivel humano no hay otro mayor que el de la pareja
a lo ancho y largo de la vida buscando el “un solo ser”, una sola carne. Los
hijos se integran como fruto y beneficiarios de la comunicación y participación.
Comparten el mismo pan, los afectos, valores, los vienes como la felicidad y la
cruz. Si a la primera comunidad de Jerusalén se la definía como “un solo corazón
y una sola alma” con mayor razón a la familia. Por eso ésta se convierte en un
arquetipo de lo que se debe vivir en la comunidad
eclesial.
Puebla caracteriza las dimensiones de la cristiana a
partir de las relaciones interpersonales que se dan en la familia. La unión
esponsalicia entre la Iglesia y Cristo; la filiación que participamos en el
Hijo; la paternidad como referencia última y originaria; y la fraternidad que se
funda en las anteriores dimensiones y en el rico concepto de células vivientes
del mismo Cuerpo de Cristo. La matriz familiar son un peldaño para alcanzar la
comprensión y la experiencia de la vida de fe.
La vida cristiana se hace visible en los signos de la
fe, en las celebraciones sacramentales. Pues, la vida en la familia es el mejor
pedagogo para la
comprensión y la vivencia
de estos momentos privilegiados de la celebración de la
fe.
La nueva vida tan esperada y acogida en su
nacimiento, ensancha el núcleo familiar y trae consigo un fluir nuevo de
relaciones. Este acontecimiento vivido en familia prepara para la comprensión
del bautismo como signo de ingreso en la comunidad donde se participa de la vida
nueva y abundante del resucitado, como vida que sólo viene de Dios.
Cuando el adolescente llega a ese momento en que se
hace responsable de la orientación de su vida, de su vocación, de su proyecto,
estamos en la actitud que requiere la Confirmación al asumir el compromiso
cristiano, el proyecto de Dios para la historia. Todo en la familia va llevando
a la evolución del niño para que madure como adulto.
El perdón que se recibe en el hogar restaurando las
heridas hechas a las relaciones interpersonales y liberando del malestar general
provocado en la pequeña comunidad familiar, hace percibir el sentido de la
reconciliación el la comunidad eclesial dañada en el cumplimiento de su misión,
por nuestra conducta.
Partir el mismo pan en la mesa familiar es un gesto
que en sí mismo habla de la común unión. Como gesto significativo visualiza
muchas dimensiones de la Eucaristía, de la “comunión” de quienes se identifican
con Jesús.
La enfermedad de alguno de la familia estrecha lazos
y amor solidario demostrándole que su pasividad lo hace más presente, más
querido y más valioso. Esta situación trae una mayor similitud con el Cristo que
desde la cruz atrae todas las cosas hacia El que celebra la Unción de los
enfermos. La pasividad prepara para la gran transformación que esperamos con la
muerte.
Un nudo existencial que transforma la propia
comprensión es el matrimonio. El sacramento enriquece y hace ver lo que se
esconde en ese amor cargado de esperanzas como el amor que Cristo nos
tiene.
El trabajo para mantener a la familia o la militancia
en servicios concretos para el bienestar de la sociedad con todo el sacrificio
que conlleva, es una buena experiencia para comprender el llamado al servicio de
la comunidad eclesial y la misión sellada por la unción.
Todos los sacramentos encuentran en la familia a su
mejor pedagogo. De ahí esa íntima relación de la vida familiar con los momentos
fuertes de la celebración de la fe cristiana. La liturgia familiar prepara a
participar en la liturgia de la comunidad mayor. Si muchas veces existe una
presencia muda en nuestras asambleas ¿no estará relacionada con la ignorancia de
este pedagogo o con la ausencia de la liturgia familiar?
Sociologicamente se comprueba que la familia es la
“primerísima comunidad eclesial de base” (Juan Pablo II). Porque en un ambiente
descristianizado, la sociedad no es el sostén de la fe, sino la familia y los
pequeños grupos. Bien saben los agentes pastorales cuánto esfuerzo se hace a
nivel sacramental (preparación para el matrimonio, etc.) y cuánto esfuerzo
pastoras se consume en los colegios católicos. ¿Quiénes quedan? Siempre los
mismos, los que tienen una familia cristiana detrás.
Llamar a la familia “iglesia doméstica” o la “pequeña
iglesia” como le gustaba a San Agustín es, pues, todo un acierto por la íntima
relación que existe entre las dos realidades de la familia y de la
Iglesia.
“Catecumenado de Novios”.
Autores varios. Publicados por el Movimiento Familiar Cristiano,
Uruguay
VER
– JUZGAR – ACTUAR
¿Qué
semejanzas tiene el “ser iglesia en el mundo” y “ser familia en el
mundo”?
¿Cuáles son
la misión y responsabilidades de las familias en la sociedad? ¿Y las de la
Iglesia?
¿Es común la
celebración doméstica del compartir el pan y vino en memoria de Jesús? (Él nos
pidió que lo hiciéramos y así lo hicieron las familias de las primeras
comunidades cristianas).
¿Las
liturgias domésticas del pan y vino compartidos pueden hacer más comprensibles
para nuestros hijos las celebraciones de la eucaristía en las iglesias? ¿Ya
hemos intentado hacerlo?
Toda correspondencia para el MFC-SPLA deberá ser enviada a los Presidentes William y Esilda Cheng, e-mail: wcheng@sinfo.net