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El
sacramento del matrimonio es un sacramento divino, por su referencia a Dios.
Como en los demás sacramentos, hay una materia prima indispensable: el amor
entre un hombre y una mujer que, en una perspectiva de fe, toman el amor de Dios
por nosotros como modelo para su amor.
El sacramento del
amor
Helio
y Selma Amorim*
Los
que así se unen conocen cómo nos ama el Dios de la Biblia: amor gratuito y fiel,
amor‑donación‑servicio comprometido con nuestra humanización, que respeta
nuestra originalidad, y acepta nuestras limitaciones, que no domina, sino más
bien nos libera, que no manipula y sofoca, antes promueve y nos ayuda a caminar,
un amor capaz de llegar a dar la vida por nosotros (lo que no es simple
hipótesis romántica sino muerte real y de cruz).
Entonces perciben que su unión,
fundada en el amor, es un signo o reflejo aunque poco luminoso del amor de Dios.
Están dispuestos a vivir ese amor en una profunda relación interpersonal,
dialogada, de revelación mutua, mutuamente comprometidos con la realización de
las potencialidades del otro, que se expresa en actos concretos y gestos
simbólicos. Nunca cerrado en sí mismo, sino abierto al mundo y comprometido con
la justicia y la humanización de la historia humana, interviniendo en ella, como
Dios siempre lo hizo, en favor de los más débiles. Están listos, entonces, a
proclamar que su unión es un sacramento
divino. Para eso, convidarán a la comunidad cristiana, a sus
familiares y amigos, a los que anunciarán su unión y pedirán apoyo para vivirla
en esa dimensión sacramental. Ese es el sentido de la celebración religiosa del
matrimonio que inaugura una nueva familia cristiana. La comunidad presente,
consciente de lo que se está celebrando, responderá al pedido de la pareja,
comprometiéndose a ayudarlos en la concretización de su disposición para amarse
siempre como Dios nos ama. El sacerdote que, en nombre de la comunidad preside
la celebración, reconoce y proclama, entonces, que esa unión es un sacramento
divino, cuyos ministros son, en realidad, los que se casan. Porque, de hecho,
solamente ellos son capaces de dar a su unión esa dimensión sacramental. Ese
ritual tan emocionante y la vivencia de la pareja serán los signos sensibles de ese sacramento. La
gracia que hará ese signo eficaz
será derramada por Dios sobre la pareja y sobre todos aquellos que asumirán el
compromiso de ayudarlos a vivir su unión como sacramento.
Tenemos que reconocer que muchos,
tal vez la mayoría de los matrimonios que se celebran en las Iglesias, no son
sacramentos, no obstante la bella coreografía montada, con música, flores y
alfombras. No pasan de ser un acto
social, enraizado en nuestra cultura, pero que nada tiene que ver con la fe, sin
referencia consciente al amor Dios tomado como modelo de unión humanizadora, con
los consecuentes compromisos.
Por otro lado, hay grados de
sacramentalidad matrimonial, Si la dimensión sacramental depende de la cualidad
y profundidad del amor que une a la pareja, cuanto más se amen, más se asemejará
su amor al amor de Dios, por tanto, más nítida y real será su sacramentalidad.
En la vivencia de la pareja, a lo largo de su vida conyugal, habrá tiempos o momentos de mayor o menor densidad
sacramental.
Esa concepción representa un desafío
evidente. Quiere decir que el sacramento no es un sello de garantía o marca
indeleble y definitiva gravada en una linda celebración. Aquello no fue un acto
mágico, que transformó en sacramento lo que antes no era. En verdad, la
sacramentalidad nació en el momento en que los dos reconocieron la semejanza de
su amor con el amor de Dios y lo asumieron como tal. La celebración fue el
anuncio y el pacto establecido con la comunidad cristiana. Tampoco quedó
definido, en aquel momento, el grado de sacramentalidad de su unión. Tal vez
fuese apenas incipiente y todavía débil esa dimensión sacramental, ante el
inmenso potencial de crecimiento y de mayor madurez del amor de los
dos.
Ese es el desafío: la
sacramentalidad de la unión conyugal está llamada a crecer, consolidar y
profundizarse. O sea, el amor que los unió tendrá que ser cultivado
cuidadosamente, en el día‑a‑día de la vida conyugal y familiar para que se
parezca cada vez más al amor de Dios.
Así, todos los gestos y acciones que
contribuyen al crecimiento del amor, aumenta la densidad sacramental de la unión
conyugal. El cariño y los gestos de ternura, la relación sexual como expresión y
celebración festiva del amor, la ayuda mutua, el reconocimiento de las
cualidades del otro, el incentivo para su realización personal, el respeto a la
individualidad – todo contribuirá para el crecimiento del amor y, por tanto, a
la creciente densidad sacramental de la unión conyugal. Y viceversa: la falta de
esos alimentos puede debilitar el amor y la sacramentalidad asumida en un
principio.
Podemos concluir que el potencial
humanizador de la unión del hombre y de la mujer está directamente relacionado
con su sacramentalidad, si ésta tiene su densidad definida por la profundidad
del amor humanizador que los une.
Esto vale para los cristianos y los
no‑cristianos. Estos, si vivencian su unión fundada en un amor humanizador
semejante al amor de Dios, aunque no lo sepan por estar ausente la fe, viven una
unión que tiene una dimensión de sacramentalidad, no expresa y proclamada. Esa
dimensión la perciben los que los conocen y los ven con los ojos de la fe. En
cualquier momento pueden descubrirla y anunciar con alegría la sacramentalidad
sólo ahora percibida. Es reconocer que la sacramentalidad de su unión es muy
anterior al descubrimiento tardío.
Esto también vale para los
divorciados vueltos a casar, si viven efectivamente una unión de amor que toma
como modelo el amor de Dios, quizás no vivenciada en la unión anterior por eso
mismo fracasada. Como todos que se casan, solo los cónyuges pueden afirmar si
esa dimensión de sacramentalidad existe en su unión conyugal. Ella no depende de
la naturaleza jurídica civil o religiosa del vínculo conyugal sino del amor
vivenciado por los cónyuges que iluminados por la fe toman el amor de Dios como
modelo para su unión.
VER
- JUZGAR – ACTUAR
v
¿Como
casados, vivimos efectivamente la dimensión sacramental de nuestra unión?
v
¿Cuales
son las características del amor de Dios por nosotros?
v
¿Estas
características están siempre presentes en nuestras relaciones y vivencia
matrimonial?
v
¿Podemos
afirmar que ha crecido la densidad sacramental de nuestra unión a lo largo de
nuestra vida conyugal?
v
¿Cuales
son las actitudes, prácticas, gestos y actos simbólicos que contribuyen para el
crecimiento del amor de la pareja? Y otros que debilitan el
amor?
v
¿Qué
es lo que debe cambiar en nuestro vivir cotidiano para aumentar la densidad
sacramental de nuestra unión?