Aquí y Ahora 15 - Movimiento Familiar Cristiano de América Latina

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El sacramento del matrimonio es un sacramento divino, por su referencia a Dios. Como en los demás sacramentos, hay una materia prima indispensable: el amor entre un hombre y una mujer que, en una perspectiva de fe, toman el amor de Dios por nosotros como modelo para su amor.

 

El sacramento del amor

 

Helio y Selma Amorim*

 

Los que así se unen conocen cómo nos ama el Dios de la Biblia: amor gratuito y fiel, amor‑donación‑servicio comprometido con nuestra humanización, que respeta nuestra originalidad, y acepta nuestras limitaciones, que no domina, sino más bien nos libera, que no manipula y sofoca, antes promueve y nos ayuda a caminar, un amor capaz de llegar a dar la vida por nosotros (lo que no es simple hipótesis romántica sino muerte real y de cruz).

 

Entonces perciben que su unión, fundada en el amor, es un signo o reflejo aunque poco luminoso del amor de Dios. Están dispuestos a vivir ese amor en una profunda relación interpersonal, dialogada, de revelación mutua, mutuamente comprometidos con la realización de las potencialidades del otro, que se expresa en actos concretos y gestos simbólicos. Nunca cerrado en sí mismo, sino abierto al mundo y comprometido con la justicia y la humanización de la historia humana, interviniendo en ella, como Dios siempre lo hizo, en favor de los más débiles. Están listos, entonces, a proclamar que su unión es un sacramento divino. Para eso, convidarán a la comunidad cristiana, a sus familiares y amigos, a los que anunciarán su unión y pedirán apoyo para vivirla en esa dimensión sacramental. Ese es el sentido de la celebración religiosa del matrimonio que inaugura una nueva familia cristiana. La comunidad presente, consciente de lo que se está celebrando, responderá al pedido de la pareja, comprometiéndose a ayudarlos en la concretización de su disposición para amarse siempre como Dios nos ama. El sacerdote que, en nombre de la comunidad preside la celebración, reconoce y proclama, entonces, que esa unión es un sacramento divino, cuyos ministros son, en realidad, los que se casan. Porque, de hecho, solamente ellos son capaces de dar a su unión esa dimensión sacramental. Ese ritual tan emocionante y la vivencia de la pareja serán los signos sensibles de ese sacramento. La gracia que hará ese signo eficaz será derramada por Dios sobre la pareja y sobre todos aquellos que asumirán el compromiso de ayudarlos a vivir su unión como sacramento.

Tenemos que reconocer que muchos, tal vez la mayoría de los matrimonios que se celebran en las Iglesias, no son sacramentos, no obstante la bella coreografía montada, con música, flores y alfombras.  No pasan de ser un acto social, enraizado en nuestra cultura, pero que nada tiene que ver con la fe, sin referencia consciente al amor Dios tomado como modelo de unión humanizadora, con los consecuentes compromisos.

Por otro lado, hay grados de sacramentalidad matrimonial, Si la dimensión sacramental depende de la cualidad y profundidad del amor que une a la pareja, cuanto más se amen, más se asemejará su amor al amor de Dios, por tanto, más nítida y real será su sacramentalidad. En la vivencia de la pareja, a lo largo de su vida conyugal, habrá tiempos  o momentos de mayor o menor densidad sacramental.

Esa concepción representa un desafío evidente. Quiere decir que el sacramento no es un sello de garantía o marca indeleble y definitiva gravada en una linda celebración. Aquello no fue un acto mágico, que transformó en sacramento lo que antes no era. En verdad, la sacramentalidad nació en el momento en que los dos reconocieron la semejanza de su amor con el amor de Dios y lo asumieron como tal. La celebración fue el anuncio y el pacto establecido con la comunidad cristiana. Tampoco quedó definido, en aquel momento, el grado de sacramentalidad de su unión. Tal vez fuese apenas incipiente y todavía débil esa dimensión sacramental, ante el inmenso potencial de crecimiento y de mayor madurez del amor de los dos.

Ese es el desafío: la sacramentalidad de la unión conyugal está llamada a crecer, consolidar y profundizarse. O sea, el amor que los unió tendrá que ser cultivado cuidadosamente, en el día‑a‑día de la vida conyugal y familiar para que se parezca cada vez más al amor de Dios.

Así, todos los gestos y acciones que contribuyen al crecimiento del amor, aumenta la densidad sacramental de la unión conyugal. El cariño y los gestos de ternura, la relación sexual como expresión y celebración festiva del amor, la ayuda mutua, el reconocimiento de las cualidades del otro, el incentivo para su realización personal, el respeto a la individualidad – todo contribuirá para el crecimiento del amor y, por tanto, a la creciente densidad sacramental de la unión conyugal. Y viceversa: la falta de esos alimentos puede debilitar el amor y la sacramentalidad asumida en un principio.

Podemos concluir que el potencial humanizador de la unión del hombre y de la mujer está directamente relacionado con su sacramentalidad, si ésta tiene su densidad definida por la profundidad del amor humanizador que los une.

Esto vale para los cristianos y los no‑cristianos. Estos, si vivencian su unión fundada en un amor humanizador semejante al amor de Dios, aunque no lo sepan por estar ausente la fe, viven una unión que tiene una dimensión de sacramentalidad, no expresa y proclamada. Esa dimensión la perciben los que los conocen y los ven con los ojos de la fe. En cualquier momento pueden descubrirla y anunciar con alegría la sacramentalidad sólo ahora percibida. Es reconocer que la sacramentalidad de su unión es muy anterior al descubrimiento tardío.

Esto también vale para los divorciados vueltos a casar, si viven efectivamente una unión de amor que toma como modelo el amor de Dios, quizás no vivenciada en la unión anterior por eso mismo fracasada. Como todos que se casan, solo los cónyuges pueden afirmar si esa dimensión de sacramentalidad existe en su unión conyugal. Ella no depende de la naturaleza jurídica civil o religiosa del vínculo conyugal sino del amor vivenciado por los cónyuges que iluminados por la fe toman el amor de Dios como modelo para su unión. 

 

VER - JUZGAR – ACTUAR

v      ¿Como casados, vivimos efectivamente la dimensión sacramental de nuestra unión?

v      ¿Cuales son las características del amor de Dios por nosotros?

v      ¿Estas características están siempre presentes en nuestras relaciones y vivencia matrimonial?

v      ¿Podemos afirmar que ha crecido la densidad sacramental de nuestra unión a lo largo de nuestra vida conyugal?

v      ¿Cuales son las actitudes, prácticas, gestos y actos simbólicos que contribuyen para el crecimiento del amor de la pareja? Y otros que debilitan el amor?

v      ¿Qué es lo que debe cambiar en nuestro vivir cotidiano para aumentar la densidad sacramental de nuestra unión?

 

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