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En
la lucha por la justicia, viviendo el compartir de lo que posee, de lo que es,
de lo que sabe, para que crezca la comunión entre todos los hombres, el
cristiano busca ánimo y discernimiento en el encuentro personal con Cristo que
se hace presente en el pan y en el vino
compartidos y servidos en la mesa
común.

La
eucaristía.
Helio y Selma
Amorim*
La
eucaristía es, así, el sacramento del compartir y de la comunión. El pan y el
vino fueron escogidos por Jesús justamente por representar, simbólicamente, los
frutos de la tierra y de la naturaleza, y los productos del trabajo de los
hombres, que deben ser repartidos entre todos y no consumidos por una minoría
privilegiada.
La humanización que Dios quiere
supone necesariamente ese compartir, para
que todos tengan vida, y vida en abundancia. Para que se establezca
una verdadera comunión entre todos los hombres y mujeres, en todo el mundo. En
la celebración de este sacramento central de la vida del Pueblo de Dios, Cristo
no se hace presente en el pan y en el vino, sino en el pan y vino compartidos. De la mesa en ese
compartir del pan y del vino, participan los cristianos comprometidos, en su
vida cotidiana, con la partición de los beneficios ofrecidos por la naturaleza y
generados por el trabajo humano.
La esencia del ser cristiano está
resumido en el compromiso del compartir y la comunión (común‑unión), celebrado
en ese sacramento que alimenta tan exigente disposición. Por tanto, no tiene
sentido participar de la eucaristía sin la vivencia o disposición efectiva de
vivir lo que se celebra en ella, es una cuestión de coherencia.
El rito de la comunión es de
extraordinaria riqueza, un signo sensible, visible y elocuente de aquello que
significa. La gracia de Dios que le da eficacia se concretiza en renovado ánimo
para que el cristiano comparta, cada vez más, sus bienes, sus talentos, su
conocimiento y su tiempo, su propio ser (cuerpo y sangre), con aquellos que
viven en situaciones inhumanas. También para alimentar su ímpetu y entusiasmo en
las luchas en favor de más justicia y solidaridad en las relaciones sociales y
en las estructuras de la sociedad.
La eucaristía es un sacramento
comunitario, es la celebración de
la comunión entre todos los hombres y
mujeres comprometidos con el compartir bienes materiales,
intelectuales y espirituales, tiempo y conocimiento, hasta el darse a si mismo a
los que necesitan de ellos, aunque esto exija renuncia a privilegios. No se
trata, por tanto, de un sacramento reducido a un mero alimento espiritual para el alma, separada
del cuerpo y de las realidades humanas, sin referencia a los compromisos
efectivos del compartir. Jesús lo hizo hasta el límite radical al compartir su
cuerpo y sangre para que todos tengan vida abundante. Expresó su compromiso real
y efectivo al partir y repartir el pan y el vino, elementos del cotidiano con
fuerte simbolismo: pan y vino son bienes de la naturaleza y frutos del trabajo
humano que deben ser repartidos entre todos los hombres. Y nos dijo para hacerlo
siempre en su memoria. Así lo hicieron los primeros cristianos: primero
compartían sus bienes entre ellos y después en las casas partían el pan
en la mesa doméstica, en la forma primitiva y fiel de celebración de la
eucaristía.
*Miembros
del MFC Brasil, editores de Fato e
Razão, publicación del MFC.
VER
– JUZGAR - ACTUAR
q
¿Será
coherente participar en la eucaristía sin practicar el compartir de bienes
materiales, tiempo y talentos con los que no tienen lo necesario para una vida
digna? ¿Qué quiere decir “estar preparado” para participar en la
eucaristía?
q
¿Cuales
son los bienes y privilegios, talentos y conocimientos que podemos y debemos
compartir?
q
Ofrecer
tiempo, conocimientos y talentos para luchar por estructuras sociales más justas
capaces de reducir la pobreza ¿es una práctica del compartir? ¿Tiene relación
con la eucaristía? ¿Por qué?