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CON
LOS CRUCIFICADOS
José Antonio
Pagola
Colaboración
de William Cheng
El
mundo está lleno de iglesias cristianas presididas por la imagen del Crucificado
y está lleno también de personas que sufren, crucificadas por la desgracia, las
injusticias y el olvido: enfermos privados de cuidado, mujeres maltratadas,
ancianos ignorados, niños y niñas violados, emigrantes sin papeles ni futuro. Y
gente, mucha gente hundida en el hambre y la miseria.
Es
difícil imaginar un símbolo más cargado de esperanza que esa cruz plantada por
los cristianos en todas partes: «memoria» conmovedora de un Dios crucificado y
recuerdo permanente de su identificación con todos los inocentes que sufren de
manera injusta en nuestro mundo.
Esa
cruz, levantada entre nuestras cruces, nos recuerda que Dios sufre con nosotros.
A Dios le duele el hambre de los niños de Calcuta, sufre con los asesinados y
torturados de Irak, llora con las mujeres maltratadas día a día en su hogar. No
sabemos explicarnos la raíz última de tanto mal. Y, aunque lo supiéramos, no nos
serviría de mucho. Sólo sabemos que Dios sufre con nosotros y esto lo cambia
todo.
Pero
los símbolos más sublimes pueden quedar pervertidos si no sabemos redescubrir
una y otra vez su verdadero contenido. ¿Qué significa la imagen del Crucificado,
tan presente entre nosotros, si no sabemos ver marcados en su rostro el
sufrimiento, la soledad, el dolor, la tortura y desolación de tantos hijos e
hijas de Dios?
¿Qué
sentido tiene llevar una cruz sobre nuestro pecho, si no sabemos cargar con la
más pequeña cruz de tantas personas que sufren junto a nosotros? ¿Qué significan
nuestros besos al Crucificado, si no despiertan en nosotros el cariño, la
acogida y el acercamiento a quienes viven crucificados?
El
Crucificado desenmascara como nadie nuestras mentiras y cobardías. Desde el
silencio de la cruz, él es el juez más firme y manso del aburguesamiento de
nuestra fe, de nuestra acomodación al bienestar y nuestra indiferencia ante los
crucificados. Para adorar el misterio de un «Dios crucificado», no basta
celebrar la semana santa; es necesario, además, acercarnos un poco más a los
crucificados, semana tras semana.
VER
– JUZGAR - ACTUAR
q
¿Será
coherente adorar al Crucificado en las iglesias sin practicar el compartir de
bienes materiales, tiempo y talentos con los crucificados de nuestro
tiempo?
q
¿Cuales
son los bienes y privilegios, talentos y conocimientos que podemos y debemos
compartir con los crucificados de hoy, quienes viven alrededor nuestro sin que
los veamos?
q
¿Ofrecer
tiempo, conocimientos y talentos para luchar por estructuras sociales más justas
capaces de reducir la cruz de pobreza es una práctica del compartir?¿Por
qué?
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